Ser escultora para Adriana es una necesidad básica, una tabla de salvación, un asidero en el desasosiego, un remanso donde pasar un buen día. Por eso cuando trabaja se despide del mundo, se arroba en el lento fluir de obsesiones y anhelos que aferra al vuelo convirtiéndolos en formas, en oquedades, en vértices e insinuaciones, en provocativas tersuras, en intimas curvas.

Su búsqueda, como ella misma, ha transitado desde lo figurativo y lo mágico -olorosamente místico- hasta una depurada abstracción, hasta una llaneza expresiva donde cada trazo es una hazaña, donde cada elemento es esencial, es vital, es consustancial. Por eso es tan certero su golpe, por eso es tan duradero el efecto que producen sus piezas, por eso nadie sale ileso de un enfrentamiento con su obra.

Adriana trabaja con series, con obsesiones enlazadas. Pero son series apenas delineadas, abiertas, nunca cerradas, como si temiera sellar puertas para siempre. Sus esculturas son así, hijas de distintos impulsos, por eso son tan diversas e intensas, tan ajenas entre sí pero cruzadas por la misma tensión, por la misma efusividad de quien esculpe desde la agonía y desde la alegría, desde la caída y el vuelo.

La escultura de Adriana es un mar embravecido del cual surgen formas como espuma y surge el abismo. Porque su énfasis configura vacíos pletóricos de sentidos, porque sus piezas se definen tanto por lo que son como por lo que envuelven, por lo que esta y por lo que falta, por lo que nombran y lo que callan. Es un trabajo que se encuentra mucho mejor en la tradición de lo visceral que en la cerebral, que se mece en la cadencia violenta del dolor, la ternura, el grito, el aullido, el desacato, el reflejo, el instinto, el erotismo y la pasión. Lo de Adriana no es el páramo sereno donde elucubrar, es la batalla diaria por permanecer, por arrojar lo que cala adentro; la maravilla y el espanto.

Por eso sus productos se le parecen tanto, por eso aparece una lealtad tan inmediata entre sus manos y el material, entre los gestos y las muescas, entre la piel y la textura. Porque Adriana coquetea con el acero, con el barro y el bronce, porque existe una atracción física, una clandestinidad sensual, un roce impúdico, una manera de forjar mediante la caricia, mediante la seducción de los materiales que son rendidos por el cariño, no por la fuerza, por el embeleso, nunca doblegados por el castigo. Y eso se nota y nos denota cada vez que transitamos en su materializada ilusión, en su delirio atrapado, en sus ganas cristalizadas, en las sutiles llamaradas que cada día se acercan más al cielo.

Álvaro Morales